domingo, diciembre 28, 2008

I got this material

Su sonrisa ocultaba cierto aire de misterio al decir:
-Pero yo te puedo acompañar a tu casa, conozco esa zona.
-Ah, claro... -respondió ella algo insegura.
Bajaron del auto y fueron al paradero.
-Vamos a tener que caminar desde el óvalo -fue lo último que él dijo.
A lo largo del camino ella le dirigía miradas furtivas; por su lado, él no dijo palabra y miraba muy tranquilo por la ventana.
Esperaba que él dijera algo, por algo se había ofrecido a acompañarla; pero fue ella la que tuvo que romper el silencio una vez hubieron bajado en Higuereta.
-Nunca te odié, ¿sabes? -dijo mientras comenzaron a caminar.
-Sí, lo sabía, pero no me creía la razón que me diste de tu alejamiento.
Guardó silencio por un instante, luego dijo:
-Tenía miedo.
Él soltó un "ja" interno.
-Claro..., entiendo.
Siguieron caminando por un rato; esta vez él rompió el silencio.
-Vamos por aquí -dijo señalando una esquina-, es más rápido.
-También es más peligroso.
-¿Peligro? Yo me rio del peligro -dijo en broma y luego rió sin prestar atención a su preocupación.
Aún preocupada, se aferró a su brazo mientras se adentraban en la solitaria calle. Él, a pesar de intentar disimularlo, dio indicios de ponerse nervioso una vez estuvieron a mitad de camino.
De repente, de un callejón de su lado de la calle salió un hombre desgarbado, envuelto en ropas sucias, y con cuchillo en mano los hizo entrar en el callejón. Ella se aferró aún más a su brazo.
-Ya, a ver, mamita, dame todo lo que tienes -dijo en doble sentido, amenazándolos con el cuchillo y revisándola.
-¡No la toques, imbécil! -él empujo al hombre.
-¡¿Qué pasa, concha tu mare'?! -vociferó acercándole el cuchillo a la cara. La amenaza siguiente se quedó en la punta de su lengua.
Ella dejó salir un gritito que calló rápidamente poniéndose las manos sobre la boca.
Él lentamente alejó las manos ensangrentadas de la cabeza del hombre, ensartada en un fierro que sobresalía de la pared, mientras las miraba con los ojos tan abiertos como pudo.
Era increíble que aquel hombre no se hubiera defendido, es decir, el movimiento de él no pudo haberse hecho tan rápido como para no darle tiempo de hacerlo, ¿o sí? Tal vez ni siquiera lo vio venir.
Con la respiración agitada por la adrenalina, se limpió nerviosamente la sangre en la pared del callejón, luego se sacudió la tierra de esta y dijo entrecortadamente:
-Si no hubiera sido por ti, no lo hubiera logrado. Es más, si no hubieras estado conmigo, simplemente me habría dejado robar.
-No entiendo...
-Ven, salgámos de este lugar primero.
Dejaron atrás al cadáver colgando de la cabeza ensartada y continuaron la caminata.
-La ira -comenzó él- es capaz de hacernos hacer cosas que nunca hubieran cruzado por nuestra mente en otras condiciones, como convertirnos en asesinos. Créeme que no creí lo que hice hasta ver la sangre en mis manos.
-¿Te enfureció tanto ver como me trató ese tipo?
-Más de lo que crees. Por eso, si no hubieras estado conmigo, no habría sido capaz ni de pensar en hacer algo así.
-Entonces yo tengo la culpa... -dijo ella bajando la mirada.
-¿La culpa? -preguntó sorprendido- ¿De qué? Tú no hiciste nada malo, y yo sólo nos defendí. El único culpable de la muerte de ese hombre es él mismo; tomó una decisión y tuvo que afrontar las consecuencias. Siempre es así... -dijo esta última frase en un tono más sombrío.
-Llegamos -ya había logrado tranquilizarse para entonces.
-¿Quieres pasar? -dijo algo dubitativa.
Él rio y se miró las manos, luego se las mostró a ella dejando ver que no había logrado limpiarse la sangre del todo.
-Creo que tus padres se podrían alarmar -dijo, esbozando una media sonrisa.
-Ah... -ella comprendió-. Entonces ya nos veremos.
Ella se acercó para despedirse, pero él la detuvo.
-Espera.
-¿Qué pasa?
-Es que..., me pareció raro no darte miedo después de lo que hice; hasta yo me doy miedo.
-Hum... Sí me dio miedo, pero se fue cuando escuché que lo hiciste por mí. Si lo que haces es protegerme, sería ridículo temer que me hagas daño.
Él sonrió.
-Tienes razón.
Se quedaron un par de segundos en silencio.
-Bueno, entonces nos vemos -dijo él y se despidió con un beso en el cachete-. Hablamos.
Aquella noche no pudo dormir. Imágenes de él matando a ese hombre desde diversos ángulos inundaban su mente.
Los efectos de convertirse en asesino circunstancial pueden tardar, pero siempre llegan: inquietud, sudor frio, intranquilidad mental.
"Lo maté, lo maté..." repetía constantemente en su fuero interno. "Tenías que hacerlo" comenzó una discusión interna "fue defensa propia". "Pude haber dejado que nos robe y se vaya". "¿Tú crees que se iba a ir así no más? ¿No viste cómo la tocaba ese imbécil?". "Sí, por eso me puse así...". "¿Ves? Si no hacías algo, ese hijo de puta le iba a hacer lo que quisiera". Remplazó esta última oración por la que se repetía hace un rato, y poco a poco el sueño logró vencer.
Ella tampoco podía dormir. Sin embargo logró la quietud, aunque un poco más de la normal. Yacía de costado sobre su cama, destapada, con las piernas sobre el pecho y abrazadas por los brazos, y los ojos sin parpadear siquiera, perdidos en el infinito.
"¿Qué tan bueno es tener a alguien que mataría por ti? ¿Va a matar a mi mamá cuando me castigue? No..., que estúpida". No se pudo admitir sentirse cada vez más segura mientras pensaba en él. Menos se admitió la risita que se le escapó por la gracia que le hacia la cara incrédula que él puso al ver sus manos manchadas de sangre.
Trató de consientisarse de la situación, de que, a pesar de que el hombre los había atacado, una muerte nunca es motivo de risa. Pero no tenía caso. Todo pensamiento relacionado con él ahora la obligaba a esbozar una sonrisa.
"Al final no le dije por qué me había alejado de él".

escrito en silencio a las 8:22:00 p. m.
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