lunes, agosto 25, 2008
La princesa y el mendigo
Se vistió lo mejor que pudo, arregló su cabello como mejor le pareció y fue a verla, otra vez.
La primera vez fue en el desfile real, se enamoró de su delicada silueta, de sus ojos cálidos, de sus gestos de princesa. Pero él era un mendigo, nada más, pero incluso algo menos.
La vio con un vestido verde, ceñido, jugando en un jardín secreto con sus damas, quienes se alejaron al acercarse él.
-¿Quiere que llamemos a los guardias, princesa?
-No, está bien ¿Quién eres tú?
-Gracias, su majestad por permitirme quedarme. Sólo soy un humilde y, a la vez, no tan humilde ciudadano que desea entablar amistad con usted.
-¡Un mendigo amigo de la princesa! -dijo una de las damas.
-¡Silencio, Penélope! Desde luego, seremos amigos. Os enseñaré todo lo que tenga que enseñaros, así como tú me enseñaréis todo lo que tengáis que enseñarme.
Y así comenzó la amistad entre la princesa y el mendigo. Este comenzó a valorar más el sentimiento de amistad que el de amor hacia ella.
El mendigo comenzó a hacer de mago, de filósofo, de poeta y hasta de malabarista para enseñarle todo cuanto sabía.
Ella le enseñaba lujos, etiqueta, cultura..., dulzura, alegría y todo cuanto era. Pero lo que más disfrutó en enseñarle fue sobre su imagen personal. A pesar de que la imagen del mendigo "no estaba mal", ella le aconsejaba continuamente "vístete así", "péinate así", todo conforme a su concepto de belleza, por más extraño que esto pueda sonar hablando de un mendigo.
La tarde del decimonoveno día del séptimo mes del año, cinco meses después de iniciar su amistad, el mendigo fue a verla, pero se veía diferente. Había seguido al pie de la letra todos y cada uno de los consejos de la princesa y, finalmente, el resultado final había aflorado. La princesa se sintió satisfecha, orgullosa. Su mendigo era ahora un príncipe, al menos en apariencia. Pero, ya que el mendigo era según el concepto de belleza de la princesa, esta terminó enamorándose de él.
-Te quiero mucho.
-Yo también, eres la mejor amiga que he tenido.
-La mejor... amiga.
-Sí..., bueno, a decir verdad...
-¿A decir verdad qué?
-A decir verdad, princesa, me enamoré de ti desde que te vi en el desfile real, no pude dejar de pensar en ti y, con la escusa de hacer amistad, fui a verte. Pero en todo este tiempo he comenzado a apreciar más nuestra amistad que lo que siento por ti.
-Yo también tengo gran aprecio por nuestra amistad, pero también he llegado a enamorarme de ti.
-Yo no puedo princesa, soy un mendigo y no soy digno de ti. Pero si me dejas ir en busca de fortuna y fama, la encontraré y regresaré para ser digno de ti.
Y así el mendigo, ahora convertido en caballero, tomó rumbo en un corcel a Pesadilla, la tierra de donde se salía o siendo héroe o muerto.
Llegó muy entrada la noche, así que decidió acampar. Mientras dormía, un ruido lo despertó. Levantó se y cogió su espada. El simple olor de humano había atraído a las más repugnantes y malditas criaturas del bosque de Pesadilla. Al principio, comenzaron a destrozar sus cuerpos entre ellas mismas, un humano era un manjar que no se debía compartir. Finalmente, quedó una bestia en pie. Parecía un enorme jabalí con patas largas, sin pelaje, con piel negra y pequeños ojos amarillos de ira. La bestia embistió brutalmente al pobre caballero mendigo quien quedó inconsciente sobre el suelo.
El mendigo se levantó de un grito.
-¡Despierta, holgazán!
-¿¡Qué!? La bestia, la princesa, ¿qué pasó?
-¿¡La princesa!? ¡Ja ja ja!, ¡pedazo de estúpido! ¿Qué hace un mendigo como tú soñando con la princesa de París? ¡Ve a trapear esos pisos ahora!
La primera vez fue en el desfile real, se enamoró de su delicada silueta, de sus ojos cálidos, de sus gestos de princesa. Pero él era un mendigo, nada más, pero incluso algo menos.
La vio con un vestido verde, ceñido, jugando en un jardín secreto con sus damas, quienes se alejaron al acercarse él.
-¿Quiere que llamemos a los guardias, princesa?
-No, está bien ¿Quién eres tú?
-Gracias, su majestad por permitirme quedarme. Sólo soy un humilde y, a la vez, no tan humilde ciudadano que desea entablar amistad con usted.
-¡Un mendigo amigo de la princesa! -dijo una de las damas.
-¡Silencio, Penélope! Desde luego, seremos amigos. Os enseñaré todo lo que tenga que enseñaros, así como tú me enseñaréis todo lo que tengáis que enseñarme.
Y así comenzó la amistad entre la princesa y el mendigo. Este comenzó a valorar más el sentimiento de amistad que el de amor hacia ella.
El mendigo comenzó a hacer de mago, de filósofo, de poeta y hasta de malabarista para enseñarle todo cuanto sabía.
Ella le enseñaba lujos, etiqueta, cultura..., dulzura, alegría y todo cuanto era. Pero lo que más disfrutó en enseñarle fue sobre su imagen personal. A pesar de que la imagen del mendigo "no estaba mal", ella le aconsejaba continuamente "vístete así", "péinate así", todo conforme a su concepto de belleza, por más extraño que esto pueda sonar hablando de un mendigo.
La tarde del decimonoveno día del séptimo mes del año, cinco meses después de iniciar su amistad, el mendigo fue a verla, pero se veía diferente. Había seguido al pie de la letra todos y cada uno de los consejos de la princesa y, finalmente, el resultado final había aflorado. La princesa se sintió satisfecha, orgullosa. Su mendigo era ahora un príncipe, al menos en apariencia. Pero, ya que el mendigo era según el concepto de belleza de la princesa, esta terminó enamorándose de él.
-Te quiero mucho.
-Yo también, eres la mejor amiga que he tenido.
-La mejor... amiga.
-Sí..., bueno, a decir verdad...
-¿A decir verdad qué?
-A decir verdad, princesa, me enamoré de ti desde que te vi en el desfile real, no pude dejar de pensar en ti y, con la escusa de hacer amistad, fui a verte. Pero en todo este tiempo he comenzado a apreciar más nuestra amistad que lo que siento por ti.
-Yo también tengo gran aprecio por nuestra amistad, pero también he llegado a enamorarme de ti.
-Yo no puedo princesa, soy un mendigo y no soy digno de ti. Pero si me dejas ir en busca de fortuna y fama, la encontraré y regresaré para ser digno de ti.
Y así el mendigo, ahora convertido en caballero, tomó rumbo en un corcel a Pesadilla, la tierra de donde se salía o siendo héroe o muerto.
Llegó muy entrada la noche, así que decidió acampar. Mientras dormía, un ruido lo despertó. Levantó se y cogió su espada. El simple olor de humano había atraído a las más repugnantes y malditas criaturas del bosque de Pesadilla. Al principio, comenzaron a destrozar sus cuerpos entre ellas mismas, un humano era un manjar que no se debía compartir. Finalmente, quedó una bestia en pie. Parecía un enorme jabalí con patas largas, sin pelaje, con piel negra y pequeños ojos amarillos de ira. La bestia embistió brutalmente al pobre caballero mendigo quien quedó inconsciente sobre el suelo.
El mendigo se levantó de un grito.
-¡Despierta, holgazán!
-¿¡Qué!? La bestia, la princesa, ¿qué pasó?
-¿¡La princesa!? ¡Ja ja ja!, ¡pedazo de estúpido! ¿Qué hace un mendigo como tú soñando con la princesa de París? ¡Ve a trapear esos pisos ahora!
escrito en silencio a las 5:44:00 p. m.
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