domingo, junio 22, 2008

Las ruedas de los patines giraban rápida y silenciosamente sobre la vereda. Se acercaba a su metálico ocaso color melón mientras el corazón se le aceleraba. Más cerca... más, pero solo se le aceleraba el corazón, las manos no sudaban, no le temblaban ni las piernas ni nada, ni le faltaba el aire.
-Amor -dijo a su perrita enana, una vez parado frente al edificio-, ¿crees que valga la pena entrar? Da lo mismo...
Su primer paso dentro del departamento. Caminó como si se tratara de su propia casa, explorando, viendo y moviendo todo.
-No hay nadie... No es para sorprenderse, no hay nadie en ningún lado, no sé por qué creí que aquí sería diferente. Andando, Ti..., ¿qué haces? -dijo con una sonrisa-.
La perrita trataba de escarbar la alfombra. Se arrodillo y la levantó.
-Imposible... -dijo inexpresivo al encontrar una carta.
En la carta estaban escritas once direcciones, todas en Lima.
-Bien... -dijo un poco confundido-, por lo menos ahora tenemos rumbo fijo.
Cargó a la perrita y la puso en la mochila que llevaba al pecho.
-Vamos.

escrito en silencio a las 5:28:00 p. m.
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mi único yo

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Ya fue

Siento que alguien me sigue...